El misterio

Cada día medito entre 30 y 40 minutos desde hace ya bastante tiempo. A medida que salen temas en mi vida que quiero trabajar, pongo mi intención y mi atención en ellos en la meditación.

El otro día necesitaba más luz sobre mi miedo al vacío, al externo y al interno: tengo vértigo, no soporto la sensación en una montaña ruda, por poner un ejemplo, y me he dado cuenta de que me cuesta sostenerlo en todos los aspectos de mi vida. Suelo acumular de todo: información, objetos, relaciones,  recuerdos…hasta grasa en mi organismo.

Me cuesta soltar, dejar ir. Tengo sensación de desnudez y de carencia.

La meditación fue reveladora. Apareció una imagen de mí misma cubierta de mierda, no se me veía. Eliminando toda la porquería, aparecía yo. Entiendo por mierda todos esos objetos y también las emociones, pensamientos, actitudes y relaciones que impiden que aparezca mi verdadero ser.

La visión siguió por otros derroteros: me maravillé de mi pelo, de mis manos, del cerebro y de todo mi cuerpo, un cuerpo humano. ¿De dónde sale? ¿Quién inventó una máquina tan perfecta? ¿De dónde salen los pensamientos, las emociones? ¿Cómo se crean? Ya sé que hay muchas teorías y explicaciones científicas, pero….¿dónde está el origen de todo eso? Supongo que es la eterna pregunta de quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos.

Apareció un pensamiento: tú respira, sólo respira. Es lo único que tienes que hacer. Lo demás no es cosa tuya.

Puse toda mi atención en la respiración y empecé a sentir mucha energía, tanta, que me incomodaba. Pensé: tengo tanta que me voy a quedar la que yo necesite y la demás la entrego al Universo. Automáticamente, fue como si alguien me diera una cariñosa colleja: esa energía se te ha entregado a ti y es para ti. Úsala. Si te incomoda es que no la estás utilizando, la estás bloqueando, reteniendo.

Y ahí entendí la conexión entre la primera parte de la meditación y la segunda: retengo energía igual que retengo todo lo demás y todo lo retenido y estancado se pudre y se malgasta.

Al retener esa energía, no la uso para mí, para conseguir lo que yo quiero, haciéndome responsable de lo mío, de mi vida, y de ahí la sensación de carencia.

Tenemos todo lo que necesitamos: sólo es cuestión de saber dirigirlo para nuestro bienestar, o sea, de mantenernos en vida de la mejor manera que sepamos y podamos, de respirar, respirar conscientemente. De la respiración surge la vida.

Los seres humanos somos perfectos y parte de nuestra perfección radica justamente en la imperfección. ¿Para qué sino existen los errores? Para mí, para que nos vayamos dando cuenta de la belleza que existe en nosotros y a nuestro alrededor.

Sólo hace falta poner la atención en la naturaleza, en mares, ríos, montañas, cascadas, vegetación, animales, seres humanos.

¿De dónde surge toda esta belleza?

No lo sé, es un MISTERIO, y como misterio que es, no nos será revelado, sino dejaría de serlo.

He decidido entregarme al Misterio.

 

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He perdido la costumbre….

Ya casi no me acuerdo de escribir en un blog. Ahora, con eso de la migración de Spaces a WordPress, aquí me encuentro con uno nuevo sin saber muy bien porqué me he decidido a migrarlo cuando ya hace un año que no publico nada.  Creo que ha sido para no perder todo lo que ahí había y que forma parte de mi vida.

Me siento perdida en esta nueva casa. ¡Quizás esta será la manera de volver escribir y así me encontraré!

No sé si alguien va a leer nada de lo que escribo, me gustaría que así fuera aunque a menudo lo hago por necesidad propia.

Me siento como en una primera cita en la que, de entrada, estoy tímida, a la expectativa, observando….no sé qué ya que aquí de momento me siento muy sola y no veo nada más que mis propias letras apareciendo una a una sobre la pantalla. A medida que tome confianza supongo que iré animándome a mostrar más de mí misma.

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Demonio

La conversación con el demonio  

 

El hombre mira el atardecer desde una bonita playa, junto a su mujer, en algún momento de sus merecidas vacaciones. Todo parece perfectamente en su sitio, y de repente, del fondo de su corazón, surge una voz simpática, amigable, pero con una pregunta difícil:

-¿Estás contento?

-Sí, sí que lo estoy –responde.

-Entonces mira detenidamente a tu alrededor.

-¿Quién eres tú?

-Soy el demonio. Y tú no puedes estar contento, pues sabes que, más tarde o más temprano, la tragedia puede irrumpir y desequilibrar tu mundo. Extiende tu mirada en torno, cuidadosamente, y entiende que la virtud es apenas uno de los lados del terror.

Y el demonio comienza a mostrar todo lo que está ocurriendo en la playa: El excelente padre de familia que en estos momentos está recogiendo los bártulos y vistiendo a los niños, al que le gustaría tener una aventura con su secretaria, pero no se atreve por miedo a la reacción de su mujer.

La mujer, a la que le gustaría trabajar y ser independiente, pero no se atreve por miedo a la reacción del marido.

Los niños, que se portan bien… por miedo a los castigos.

La jovencita que lee un libro, sola, en un chiringuito, fingiendo displicencia, cuando en lo más hondo está aterrorizada con la posibilidad de no encontrar nunca al amor de su vida.

El chico que juega a las palas, y está también aterrado por la presión de tener que satisfacer las expectativas de sus padres.

El viejo que no fuma ni bebe afirmando que así se siente con más energía para todo, cuando lo que sucede en realidad es que el terror a la muerte le susurra constantemente cosas al oído, como el viento.

La pareja que pasa corriendo, salpicando en el agua de la orilla, la sonrisa en los labios, y su terror encerrado bajo siete llaves, terror de hacerse viejos, de perder el atractivo, de depender de los otros.

El hombre que para su lancha a la vista de todos y saluda con la mano, sonriendo, muy moreno, carcomido por el miedo de perder su dinero en cualquier momento.

El dueño del hotel que sale a saludar a sus huéspedes cuando por fin el sol se esconde, procurando dejarlos a todos contentos y animados, apretando al máximo a sus contables, no obstante, por el terror que le aprieta el alma, pues sabe que, por más honesto que sea, los funcionarios del gobierno siempre acaban descubriendo los errores de la contabilidad.

Terror en cada una de esas personas de la bonita playa, en un atardecer de dejar con la boca abierta. Terror de quedarse solo, terror de la oscuridad que puebla la imaginación de demonios, terror de hacer cualquier cosa que se salga de las buenas costumbres, terror del juicio de Dios, terror de los comentarios de los hombres, terror de la justicia que castiga cualquier falta, terror de la injusticia que deja a los culpables en libertad para hacer más daño, terror de arriesgarse y perder, terror de ganar y tener que convivir con la envidia, terror de amar y ser rechazado, terror de pedir un aumento, de aceptar una invitación, de ir a lugares desconocidos, de no conseguir hablar en una lengua extranjera, de no ser capaz de impresionar a los demás, de hacerse viejo, de morir, de que sus defectos llamen la atención, de que sus virtudes no llamen la atención, de pasar desapercibido al no llamar l! a atención ni por sus defectos ni por sus cualidades.

-Espero que esto te haya dado algún consuelo. Al fin y al cabo, ahora sabes que no eres el único que tiene miedo.

-Por favor, no te vayas sin escuchar lo que tengo que decir –respondió el hombre. –Tenemos una facilidad asombrosa para detectar dolores, remordimientos, heridas… o terror, que es lo que a ti te gusta. Pero hace tiempo mi padre me contó la historia de un manzano que estaba tan cargado de manzanas, que no conseguía dejar que sus ramas cantasen con el viento. Alguien que pasaba por allí le preguntó por qué no intentaba llamar la atención como hacía el resto de los árboles. “Mis frutos son mi mejor propaganda”, respondió el manzano.

»Es verdad que no me diferencio gran cosa de los demás, y que mi corazón también alberga muchos miedos. Pero, a pesar de todo, los frutos de mi vida hablan por mí, y aunque un día pueda suceder una tragedia, sé que no he dejado correr mi vida sin arriesgar.

Y el demonio, decepcionado, se marchó a intentar asustar a algún otro más débil.

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Animales

SCARLETT

MAIA
BRUCE

Está siendo un verano peculiar, marcado esencialmente por los animales.

Hace un tiempo decía yo en tono cómico que tengo un perro, una gata, un gato, una hija y un hijo.

Desde pequeña me gustan los animales y lo máximo que conseguí que mi madre me dejera tener en casa fueron hamsters, canarios y peces. Me conformé pero lo que yo quería era un perro o un gato, los auténticos y tradicionales animales de compañía. Nunca lo logré.

Cuando tuve mi propia casa, quizás influida por el ambiente de mi familia, no tuve animales. Vivía en un piso en Barcelona (como mis padres) y me acogí al práctico razonamiento de que los animales en pisos son desgraciados, que a los perros se les tiene que sacar a pasear, que dejan muchos pelos y dan trabajo y ya tenía suficiente con mis hijos pequeños, ¡¡sólo me faltaban los animales!!

Cuando mi hija tenía 9 años, le regalaron una preciosa gatita persa blanca, Scarlett, que ahora tiene 16 años. Hace casi 10 años, mi marido y yo les regalamos a nuestros hijos un labrador al que, de forma unánime, llamamos Bruce en honor a nuestro ídolo musical, The Boss. Hace dos años propusieron a mis hijos un gatito más y me suplicaron que lo adoptáramos.

Tras dudarlo 3 segundos, acepté con una única condición: el gato sería mío. Así hice realidad, con casi 49 años, mi sueño de tener un animal de compañía. El gatito (ahora ya gatazo) se llama Maia, en honor al velo que cubre la realidad, como indica también el nombre de este blog: a través del velo (a través de Maya, la diosa hindú de la ilusión, de lo irreal). El nombre lleva a confusión, ya que mi gato es macho y solemos dar por supuesto que un nombre acabado en "a" es femenino. Tanto me da. Se llama Maia y es macho.

En julio, mientras yo estaba en uno de mis cursos en Burgos, Maia se puso enfermo y tuvieron que hospitalizarlo. Vómitos, diarreas, fiebre, sin comer ni beber, todo ello tras una semana trágica en la que una noche se cayó de la repisa de la ventana a la calle (2 pisos) y pasó varias horas bajo un coche, algunos incidentes menores más y para acabar de rematarlo, lo dejamos una noche solo en casa.

Parece que Maia es muy sensible y sentido y debió sentirse abandonado, con el resultado antes mencionado. En cuanto volví de Burgos, fui a hacerle compañía al hospital, acariciándolo y mostrándole todo el amor que le tengo y esa misma noche le desapareció la fiebre, los resultados de la analítica que los veterinarios creían que sería fatal para él (pancreatitis, toxoplasmosis) resultaron negativos y Maia volvió a casa. Está sano y fuerte y vuelve a ser el gato gamberro y cariñoso que era antes.

Maia, con su enfermedad (que yo creo psicosomática), me hizo llorar y me di cuenta de lo muchísimo que lo quiero. Yo me hacía la dura y no quería enterarme de como me apego a mis seres queridos, incluso a los animales. Cuando me dijeron por teléfono que probablemente se moriría de pancreatitis, lloré toda la noche.

Ya en agosto en mis montañas, he pasado 15 días acompañada de Maia y de Bruce, nuestro perro. Bruce ha estado todo el invierno en Cadaqués, en casa de las tías de mis hijos. Decidimos que aquí en el piso era muy desgraciado y nosotros no teníamos tiempo para ocuparnos de él como nos hubiera gustado. Bruce ha sido feliz allí. Nos lo llevamos a la montaña para disfrutar de su compañía en un lugar en el que él se siente bien y nosotros también con él.

Nos hemos paseado varias veces al día juntos. A él le dolían las patas, tenía artrosis, a pesar de lo cual adoraba esos paseos. Caminaba lentamente, yo a su lado y a su ritmo.Descansábamos a menudo, sentados a la sombra de un abeto.

Martes pasado, mis hijos vinieron a buscarlo. Mi hija había planeado una pequeña intervención sin importancia para sacarle un quiste de grasa que tenía en el pecho y así, al día siguiente lo volvía a llevar a Cadaqués a pasar el invierno. Estuve todo el día pegada a él, me costaba separarme de él, le di besos, caricias, ánimos para la intervención. Cuando lo subimos al maletero del coche, Bruce se quedó estirado, con una mirada muy triste, abatido. Parecía saber que ya no volvería nunca. El golpe del maletero que se cerró me hizo estremecer. Tuve un escalofrío y me dio un vuelco el corazón. Me cruzó un pensamiento: Bruce se iba a morir. Lo deseché rápidamente, vaya tonterías piensas, Ana, Sara te ha dicho que no era nada y le han hecho todas las pruebas necesarias previas.

A pesar de todo, en cuanto se fueron, me quedé muy triste, sintiendo el vacío de su ausencia, sintiéndome muy sola sin él. Escribí. Bruce, en esos días, me había abierto el corazón, me había enseñado el amor incondicional, me había hecho sentirme segura a su lado, me había acompañado silenciosamente. Escribí que vale la pena amar a pesar del miedo que le tengo a la pérdida, al dolor, a la tristeza, ya que, mientras dura el amor, es el sentimiento más bello y pleno que se pueda sentir.

La noticia de su muerte al día siguiente fue terrible.
Desgraciadamente, mi pálpito resultó ser cierto.
Su corazón estaba muy viejo y gastado. Se paró repentinamente cuando se acaba de dormir por la anestesia. No puedo imaginar mejor muerte para él. Ni tuvimos que sacrificarlo, ni se nos murió en casa. Hasta el último momento, Bruce vivió y murió elegantemente, dignamente, ahorrándonos, incluso en su muerte, momentos todavía más duros. Y él se fue sin enterarse, sin sufrir, dulce y pacíficamente. La semana que viene lo incineraremos y le daremos el trato que se merecía como miembro de nuestra familia.

Todavía bajo el efecto de la tristeza y el dolor por la muerte de Bruce, nos esperaba otro golpe.

Anteanoche tanto mis hijos como yo salimos con amigos. Cuando regresé a casa, ellos no estaban. Cansada, me metí en la cama. Maia dormía en la terraza. Nunca miro donde está Scarlett, la gata de Sara, siempre está en la habitación de mi hija, ya viejita con sus 16 años y con dificultades para moverse.

Pero….no me podía dormir, la imagen de Scarlett me venía una y otra vez a la mente. Finalmente me levanté para comprobar que estuviera bien. En ese momento llegó mi hijo: Alex, ayúdame a buscar a Scarlett, no la veo. Miramos por todos los rincones de la casa. Había desaparecido. Me puse muy nerviosa. ¿Dónde coño podía estar la gata, vieja y que casi no se puede mover? Si llegaba mi hija y no había aparecido, a la pobre se le iba a caer el mundo encima. Ella es la que siempre se ha ocupado más de los animales, los adora y Scarlett es su gatita desde hace más de 16 años. ¿No había ya suficiente con la muerte de Bruce?

Parece ser que no. Alex se fue a la calle y la encontró debajo de un coche, ensangrentada y viva. No sabemos que pudo pasar, sólo que parecía evidente que se había caído, como Maia en julio, de un segundo piso. Lo raro es que estuviera viva. Mi hijo se la llevó al hospital veterinario a las 4 de la madrugada. Ahí sigue ingresada, con el paladar partido, sin poder comer y con contusiones varias.
Dicen que su vida no corre peligro, pero mi hija se pregunta, como todos nosotros, si vale la pena alargársela con el dolor y el sufrimiento que la pobre gatita está padeciendo. Sara me lo dice con lágrimas en los ojos. Perder de golpe, en menos de una semana a los dos animales que han compartido nuestras vidas durante tantos años es muy duro.

Y una vez más, mi pálpito resultó cierto aunque en esta ocasión sirvió para poder encontrar a Scarlett y ahorrarle unas horas de abandono y desamparo en la calle bajo un coche, herida y dolorida.

Verano peculiar. Se mezclan en mí el amor que descubro que llevo en mi interior y el dolor por las pérdidas, el amor que mis animales me han hecho sentir, que me han ayudado a exteriorizar, que me hace sentir sensible y amorosa, que ha resquebrajado seriamente la armadura, la coraza que me puse hace años por no verme capaz de sostener el dolor.

Vale la pena amar, vale la pena sentir, vale la pena entregarse a esos bellos sentimientos, sin condiciones, generosamente. Vale la pena arriesgarse en el amor, arriesgarse a sentirse herido y seguir con el corazón abierto, porque si lo cerramos, se muere y nosotros con él.

En memoria de Bruce y con la esperanza de que Scarlett nos acompaña un trecho más del camino.

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Tocar de pies al suelo o la mejor manera de tomar decisiones lo más acertadas posible

Si hay algo que me ha costado toda la vida es tocar de pies al suelo. Me la he pasado flotando por encima de la realidad, viviendo un sueño, una ilusión, queriendo creerme lo que idealizaba y no lo que ocurría a ciencia cierta. Desde ese lugar, las decisiones suelen ser del mismo color, por lo tanto me llevaban a frustración tras frustración, lo cual era doloroso pero yo me empeñaba en tintarlo de color rosa y seguir adelante con mis sueños o bien simplemente eliminaba de mi vida aquello que yo no quería ver. Fácil. Las consecuencias de esta actitud han sido que me he dejado embaucar, engañar, abusar por cualquiera que tuviera cierta gracia y que me mostrara un mínimo de interés.


Mi momento actual se basa en abandonar esta actitud, en tocar de pies al suelo y decidir qué circunstancias y personas son las que realmente me hacen sentir bien. A más información, más elementos reales para la toma de decisiones. Esa información choca a menudo con mis idealizaciones y eso duele. Me toca renunciar a muchos sueños y, en cierta manera, a quedarme en el vacío. Sueños largamente acariciados, repletos de ilusiones, de amores imposibles, de realizaciones vanas, que se esfuman, que se convierten en cenizas, consumidos por el fuego de la realidad.

Es momento de quemar lo viejo para que surja lo nuevo, de vaciar mis cajones internos de falsedades para poder ir metiendo en ellos lo tangible, lo auténtico, a medida que vaya apareciendo. Solsticio de verano o noche de San Juan, es lo mismo y es ahora.

Abandono un trabajo en el que he dejado la piel y el alma, creyendo que se apreciaba lo que daba. La cruda realidad es que no he sido correspondida, al menos no lo suficiente para que me quede. Ni el sueldo ni el interés por mí están a la altura de lo que yo necesito. Es cierto que al anunciar mi marcha, he recibido el reconocimiento que me ha faltado durante el tiempo que he estado, un reconocimiento moral, que no práctico. Me alivia el corazón y me voy más ligera.

Lo mismo me pasa con algunas personas. Me llega información que me hace darme cuenta de que no soy tan importante para ellas como yo había querido creer, como me emperraba en creer. Me entristece, me duele.

Todo ello tiene que ver con mi facilidad en obviar esa realidad para ensalzar lo ilusorio, lo que me gustaría que fuese y no es. Tiene que ver con traicionarme y permitir que me traicionen, con no atreverme a mirar a los ojos al miedo que me atenaza y me paraliza.

Hoy lanzo a la hoguera de la vanidad todas esas ilusiones, decidida a tocar de pies al suelo y así vivir con la máxima consciencia la realidad que aparezca día a día.

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La rueda de la vida

La rueda de la vida

Leo la entrada de mi amiga Isabel, una vez más. La he leído muchas veces y me llega su dolor. Como ella dice, uno nunca se acostumbra a la muerte, siempre que aparece, golpea con crudeza. Y es que la vida es así, con comienzos y finales que se van sucediendo y solapando, sin parar, nunca se para y nos sorprende, por mucho que queramos planificar, por mucho que intentemos que todo siga igual.

Me viene a la mente una frase que puse como titular de un curso: lo único que no cambia es el mismo cambio. Ese es permanente. Puede ser lento o rápido, pero siempre ocurre. La impermanencia de la que hablan los budistas.

He decidido dejar mi trabajo en la residencia. Momento de grandes cambios en mi vida, de cierres, de despedidas, de tristeza. Siento un movimiento imparable en los dos sentidos. Unos van y otros vienen. Los que se van dejan espacio para los que llegan y así se crean oportunidades para todos.

Dejo mi trabajo de trabajadora social y voy a hacer immersión en el mundo de las terapias. La decisión ha ido llegando por partes y en algún momento he sentido que ya no dependía de mí, que había una fuerza superior que me arrastraba, que tomaba el mando…y me he dejado llevar, ofreciendo poca resistencia. Es la segunda vez en mi vida que siento esa fuerza. La primera fue cuando me separé de mi marido. Sí hubo una parte de mí que decidió pero había algo más, estaba esa fuerza que era más potente que yo, que se me llevaba a pesar del dolor, a pesar de no entenderlo, a pesar de mi resistencia, a pesar del miedo y de la sensación de tirarme al vacío sin saber donde caería ni cómo caería. La ostia podía ser monumental. Fue duro y difícil y más adelante me di cuenta de que fue el inicio de mi nueva vida.

Ahora la sensación es similar aunque me siento más tranquila y confiada que hace 10 años y el salto no es tan bestia. Se han conjuntado varias circunstancias que no me han dejado más opción que tomar esa decisión. Las condiciones de trabajo y sueldo de la residencia han empeorado notablemente y me hacen inviable seguir ahí. Por otro lado, las terapias me van cada día mejor y en el centro donde colaboro, se han ido personas a las que aprecio y quiero. Los echaré mucho de menos y al mismo tiempo dejan un espacio para los que llegamos, de la misma manera que yo dejaré un espacio en la residencia para alguien que necesite ese trabajo como yo lo necesitaba cuando me lo ofrecieron.

Tristeza por mis compañeros terapeutas que han decidido seguir su labor en otros lugares, tristeza por dejar a mis abuelitos, a mis colegas, a lo que ha sido casi como mi casa en los últimos tres años. He creado vínculos, algunos fuertes y duele irme.

Y también hay alegría, siento una fuerza que sale de dentro, de todo mi ser, que me dice: esto es mi vida, así quiero vivir, eso es lo que quiero hacer y tanto me dan las consecuencias, las dificultades que puedan surgir. Quiero dedicarme de pleno al mundo de la Gestalt, de la terapia corporal, eso es lo que yo soy, terapeuta.

Es un estado de Amor, de pleno convencimiento, de certeza absoluta, que no sale del pensamiento, sino de la armonía de los tres centros: cabeza, corazón y vientre; mente, emociones, instinto.

Y creo que eso es la Vocación. No sólo porque así lo siento, sino porque disfruto como una vaca haciendo este trabajo, me siento feliz, alegre y plena, sale lo mejor de mí misma. Y eso, al fin y al cabo, es lo importante, llegar a vieja o llegar ante la muerte con la sensación de haber disfrutado de mi vida, de haber hecho aquello que mejor me sienta, de haber abierto mi corazón

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Recapitulación

Solemos echar la vista atrás y hacer recapitulación de lo vivido a menudo en fin de año. Yo, la verdad, no lo suelo hacer y me doy cuenta de que, en serio, en serio, no lo he hecho nunca. Hoy siento la necesidad de hacerlo, de una forma amplia y extendida en el tiempo. ¿Cuánto tiempo? No lo sé, años, bastantes años. En realidad, no me importa el tiempo sino poder observar los cambios, las pérdidas, los logros, la evolución y cómo se ha ido desarrollando todo ello.


Tengo la sensación de haber vivido dos vidas en una y quién sabe si vivirá más. De lo que sí soy consciente actualmente es de dos partes muy diferenciadas: mi vida antes y después de divorciarme; una de inconsciencia y automatismos y otra de inicio y desarrollo de la consciencia, del autoconocimiento, del proceso personal, que me han traído hasta el momento presente. Hace exactamente 10 años estaba en plena crisis existencial, con un gran malestar en mi vida de pareja y sin saber qué haría con mi vida si finalmente decidía separarme, lo cual hice a los pocos meses.

Pero… quiero empezar esta recapitulación de otra manera. Quiero empezar por recordar a las personas que he perdido a lo largo de mi vida, que han muerto en el transcurso de los años vividos.

Mi primera pérdida fue mi abuela materna. A mis abuelos paternos no llegué a conocerlos. Mi abuela, Mamie, murió cuando yo tenía 7 años. Sé que fui consciente de su muerte,no me lo escondieron ni nada de todo esto, pero no recuerdo haber sentido dolor. Me entristeció no volver a verla, era afable y agradable. Íbamos todos los miércoles, toda la familia, a comer a su casa.
5 años después murió mi abuelo, Papi. Era muy viejo, casi 90 años y en los últimos años estaba demente y me daba miedo. Era un hombre muy severo y no especialmente cariñoso.

Durante muchos años no hubo ninguna muerte más en mi familia. No fue hasta 1 año después de casarme cuando yo tenía 24 años, que murió mi tío Jorge, el único hermano de mi padre, que se fue tras una extraña enfermedad, con 58 años. Me dolió, lo quería mucho, era un buen hombre, agradable, simpático, con buen humor. Curiosamente, el mismo día de su entierro, murió otro tío mío que ya tenía 80 años, de golpe, de un infarto, al regresar del funeral de mi tío Jorge. El tío René. Lloré mucho con esa doble desaparición. Macabramente, mi jefe de aquel entonces me dijo: ¡¡Usted los mata por pares!! Un poco de humor negro que me hizo bastante gracia dentro de la desgracia.

Algunos años después desapareció mi amiga Magda, compañera de trabajo en la agencia de viajes. Tenía una enfermedad, Lupus eritematoso. La fui a ver al hospital el día antes de su muerte. Acababa de nacer mi segundo hijo, Alex. Entretanto, sufrí el aborto donde perdí a mi hijo no nacido.

Después vino una época de varias muertes sucesivas. En pocos meses se fue mi primo y padrino, Juan, al que adoraba; su hermano y también primo mío, Roberto y mi tía Thérèse, hermana de mi madre. Poco después, la mejor amiga de mi madre y madre de mi mejor amiga, Ana María, con la que yo había pasado muchos veranos de mi infancia y adolescencia.

Mi tía Mª Angela se fue tras un cáncer de páncreas y después mi prima Mireille, también de cáncer.

Mi suegro murió en el año 93 y mi suegra en el 2004. De mi suegra, me doy cuenta de que no la he llorado mucho y eso que la quería. En parte, esa recapitulación de mis pérdidas es una forma de recordarlos y de reconocer la importancia que han tenido en mi vida. Mi suegra Nuria era una buena persona y la quería, además de ser guapísima. Conviví mucho con ella, a veces a mi pesar y en el cómputo general, el balance es que había mucha estimación y cariño entre ella y yo. La echo de menos.

Las dos últimas muertes han sido para mí las más dolorosas: primero Alberto, mi ex marido y padre de mis hijos, hace ya más de 3 años (parece que fue ayer y aún me cuesta aceptar que él ya no esté). Fue el amor de mi vida y aunque hubo mal rollo al final, él ha sido hasta ahora el hombre más importante de mi vida; la otra es la de mi querida amiga Nuria, a la que considero mi segunda madre, mi compañera de confidencias, de largas conversaciones en la montaña, entre los pinos, el amor más sincero, puro y auténtico que he vivido nunca. La añoro mucho.

En cuanto a mi vida personal e íntima, mi primera gran pérdida fue la de mi inocencia, la de la niña confiada, alegre y tierna por causa de un abuso sexual puntual en plena calle en una hora punta del día. No voy a extenderme en detalles, no me apetece. Lo único que diré es que ese hecho ha tenido muchas consecuencias en el desarrollo de mi carácter y de mi ubicación en el mundo, creándome desconfianza en mis relaciones y una fuerte tendencia a no contar con nadie, a apañármelas siempre sola y a tener una gran dificultad en pedir ayuda. En la polaridad opuesta, desarrollé una forma de seducción en la que intentaba agradar a toda costa, no creyéndome merecedora de amor, aprecio y estima, por lo cual, aunque en apariencia era fuerte y autosuficiente, en la práctica, sin darme cuenta, me dejaba "abusar" por personas, situaciones, trabajos, etc. 
He entendido que, con diversas formas, se repiten en nuestras vidas las situaciones que reproducen las escenas dolorosas en las que adoptamos un patrón de conducta, y se repiten para darnos la oportunidad de darnos cuenta de ello, aunque lo hayamos olvidado, para sanar esa herida y poder cambiar esa actitud que, en su momento nos permitió sobrevivir y que actualmente nos frena y nos perjudica.
Hoy estoy en pleno proceso de sanación de esta herida, reubicándome en el mundo, poniendo límites, contactando con lo que yo quiero, motrando y expresando mis sentimientos aunque no gusten a algunos….abandonando la actitud de dejarme abusar, cuidándome y tomando decisiones que me hacen sentir bien, digna, sobretodo digna. Gran palabra, DIGNIDAD.

En mi vida de casada fui feliz durante muchos años hasta que dejé de serlo. Mis hijos son lo mejor que me ha pasado. Decidí separarme, sin ser muy consciente de ello en aquel momento, cuando finalmente puse un límite a la actitud abusiva que tenía mi marido conmigo y que yo había dejado que ocurriera por "no discutir" y crear mal rollo.

Y ahí aparece mi segunda vida en la que, poco  a poco, con muchas dificultades y dolor, ahora puedo decir que ha valido la pena, que la sigue valiendo y que me va de puta madre hacer esta recapitulación para darme cuenta de los logros. A veces me olvido de como estaba hace 10 años, de lo perdida que estaba y ni en la más fantasiosa de las fantasías podía imaginarme poder llegar a lo que he llegado, a sentirme tan bien como me siento ahora. Volver la vista atrás y ver el camino andado me da fuerzas, ánimos y sobretodo, alegría. He pasado penuria, he llorado de impotencia, de tristeza, me he sentido agotada, sin fuerzas para seguir, en la oscuridad total, sin saber para donde tirar. Me he sentido sola, muy sola.

Hoy, me siento bien conmigo misma, me siento bien en mi casa, con mis hijos y mis animales; me siento bien con mi familia, con mis amigos, con mis colegas. Hoy me siento parte del mundo, de la humanidad. Poco a poco, todo se va colocando, aunque a veces me duele cómo ocurre esa recolocación, pues aparentemente va en contra de mis deseos. Aparentemente, ya que la experiencia me demuestra que al final, eso que me duele, eso que va en contra de mis expectativas resulta ir a favor de lo que quiero por derroteros que no podía imaginar.

Trabajo de lo que me gusta y me gano la vida con ello, lo suficiente para vivir bastante bien. De mi vida han ido desapareciendo (que no muriendo) las personas y situaciones que ya no servían para mi evolución, para mi bienestar. También eso me ayuda a aceptar ciertas pérdidas de personas a las que he querido o quiero.

A los 7 años, con el abuso que sufrí, perdí la alegría, perdía la inocencia, perdí la confianza. Me ha costado casi toda mi vida recuperarlas. En ello estoy.

Me olvidé de reir, me olvidé de disfrutar, me olvidé de jugar.

El círculo se cierra. 44 años después recupero la inocencia, la alegría, las ganas de jugar y de reír.

Esa es la conclusión de mi recapitulación. Sin más.

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